En unos
días más celebraremos la solemnidad de la Pascua, la fiesta
más grande e importante de nuestra vida cristiana. Celebraremos
esta grande fiesta con el corazón lleno de alegría y de
esperanza, concientes de que sólo en Cristo resucitado encontramos
la razón de nuestra vida, la veracidad de nuestra fe, la respuesta
a nuestros más profundos interrogantes.
Estoy convencido, también, que celebrando estos misterios de
nuestra fe nos vendrán espontáneamente, una vez más,
las siguientes preguntas: ¿Qué podemos hacer para que
la Pascua sea una verdadera fiesta de la vida? ¿Cómo gritar
a los demás que Cristo ha resucitado y que este acontecimiento
ha cambiado nuestras historias? ¿Cómo transmitir a los
demás el gozo de haber sido rescatados?
Seguramente viviremos las celebraciones de estos días con mucha
devoción, con respeto y atención y tal vez comentaremos
que hemos asistido a celebraciones hermosísimas, que nos han
emocionado y que nos han hecho sentir orgullosos de nuestra religión.
Pero, después ¿qué cambia en nosotros? ¿Qué
sucede con nuestras vidas? Celebrar la Pascua no debe ser sólo
algo sentimental. La resurrección de Cristo no es un recuerdo
bonito del pasado, ni tampoco un hecho histórico sin trascendencia.
La resurrección del Señor nos introduce en una nueva luz,
en un nuevo modo de ver el mundo, en una vivencia nueva e irreversible
llena de entusiasmo, de fe y de esperanza. La resurrección es
una verdad que debe ser encarnada en nuestra andadura histórica
al grado de hacernos resucitar cada día a una vida nueva como
testigos de Cristo que ha vencido a la muerte, que ha devuelto la inocencia
a los caídos y la alegría a los tristes, que ha expulsado
el odio, ha traído la concordia y ha doblegado a los potentes.
Es importante por lo tanto que esta Pascua sea un verdadero paso de
la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, de la tristeza a la
alegría, del pecado a la gracia, de la incertidumbre a la fe,
del desaliento a la esperanza, del sin sentido de la vida a la plenitud
de sentido, de la mentira a la verdad, del extravío al camino
cierto, de la presunción a la humildad, del favoritismo a la
justicia, del egoísmo al compartir, del odio al amor, de la nada
al Todo.
Animo, Cristo ha resucitado. Seamos testigos convencidos, coherentes,
fieles y operosos. Dejemos nuestras tumbas vacías, salgamos de
nuestras trincheras sin sentido, echémonos a correr para anunciar
la Buena Nueva del Evangelio, ofrezcamos a todos gratuitamente nuestro
servicio, caminemos con María guiados por el Espíritu,
compartamos el Memorial que Cristo Vida nos ha dejado.
FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN
“Por sus santas llagas gloriosas, nos proteja y nos guarde
Jesucristo nuestro Señor”
Roma, desde nuestro convento de San Marcelo,
Abril de 2011
Fr. Angel M. Ruiz Garnica, osm
Prior General
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